Crisis no, Avaricia

Dicen que la economía del país ha entrado en recesión, que el PIB (Producto Interior Bruto) está en valores negativos, lo que representa que en España no se crea riqueza. Sin embargo, los verdaderos creadores de riqueza somos los trabajadores, aunque claro, sólo se refleja en la sociedad de manera muy escasa, dado que la mayor parte queda concentrada en pocas manos (banqueros, empresarios, especuladores…), manos que no quieren dejar de ganar los beneficios que en su día consiguieron, volviéndose cada vez más avariciosos. Como consecuencia empezamos a experimentar aumentos de paro, despidos en masa (los llamados E.R.E.s), pérdida de derechos, retrocesos de garantías sociales…medidas todas ellas que representan un incremento de los beneficios de unos pocos en detrimento de los de la clase trabajadora, algo que por otra parte es lo habitual. Tenemos que concienciarnos que los trabajadores sólo tenemos nuestro trabajo, y ahora más de tres millones de nosotros no podemos ejercer ese derecho y deber garantizado en la Constitución (Art. 35).

Todo esto se articula gracias al uso del MIEDO que los poderosos siembran entre los trabajadores y las capas más desfavorecidas de la sociedad. Miedo a perder el trabajo, a no poder alimentarse, a no poder pagar la hipoteca, miedo a ser despedido, a quedarse en el paro… Esta instrumentalización del miedo es fruto, entre otras causas, de la precariedad en los puestos de trabajo: contratos por obra, destajos, ETTs…Con esto los poderosos consiguen su objetivo, porque cada vez la sociedad se vuelve más individualista y va perdiendo la noción de lo colectivo y, por tanto, deja de practicar la solidaridad de clase.

Así se consigue tener a los trabajadores a merced de los intereses empresariales. Esta precariedad laboral no es casualidad. Es fruto de décadas de pacto social permanente, de reformas laborales, de leyes y políticas encaminadas a “flexibilizar el mercado” para que el despido sea libre y casi gratuito. Fruto de negociaciones y pactos firmados a espaldas de los trabajadores, en lujosos despachos empresariales por parte de los sindicatos del poder.

Por eso, no es de extrañar que en épocas de crisis financieras los sistemas que provocan las mismas se refuercen y paguemos los platos rotos los que menos responsabilidad tenemos, los sectores más vulnerables: la clase trabajadora. En épocas de mayores ganancias multimillonarias para las empresas nuestros sueldos siguen siendo bajos, sigue existiendo la precariedad, accidentes laborales…

Siempre nos han dicho que el esfuerzo productivo de la clase trabajadora se vería reflejado en la sociedad para llegar al «estado del bienestar», donde toda la población podría disfrutar y tener cubiertas todas las necesidades básicas. Pues bien, lo que tenemos es que muchos trabajadores y sus familias pueden perder de golpe todo aquello por lo que tanto han luchado, y muchos no tienen ni esa posibilidad por el aumento desenfrenado de los precios.

El gobierno de turno adopta medidas que benefician a los capitalistas y como siempre perjudican a los trabajadores, esto es: más «flexibilidad» (facilitar y abaratar el despido), más «moderación salarial» (salarios aún más bajos), más precariedad y menos derechos. Los gobiernos han salido en auxilio de banqueros y empresarios introduciendo liquidez en el mercado… o sea, más dinero para los capitalistas; dinero del Estado que tampoco se reinvertirá en la sociedad. Nos roban por dos veces, de nuestra producción usurpada en un primer momento por empresarios y banqueros y, acto seguido, de la parte usurpada por el Estado que debería invertirse en la sociedad. Se olvidaron del supuesto «estado del bienestar».

Es hora de cambiar el curso de los acontecimientos. No podemos permitir que sigan tratándonos de esta manera, hemos de enfrentarnos a los hechos y oponer resistencia ante sus intenciones. Para ello la clase trabajadora ha de darse cuenta de que nada nos darán si no luchamos por ello, asociándonos todos en una gran organización obrera que nos dé la fuerza que ahora no tenemos. No podemos confiar en los sindicatos amarillos que cobran del Estado porque nunca irán contra los intereses de quien los mantiene (nunca se muerde la mano de quien te da de comer).

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